domingo, 20 de mayo de 2012

Berlin

El sol de aquella tarde era una bendición después de tantos días nublados, o al menos, ese pensamiento se cruzó fugaz por la cabeza de Adam, mientras paseaba su desnudez hasta la mesa. Desde la calle, a través de la ventana abierta, subía el ruido de la gente y de los coches, pero sobre todo, el hombre se concentró en el sonido de las hojas de los árboles y el viento. Alcanzó el porro que se había reservado en el cenicero.
 - ¿Tienes frío? Preguntó, mientras daba otra calada.
 - No.
 Adam, que la miraba a los ojos, respiró profundamente y ella no pudo aguantar la mirada, presa de su propio sentimiento de culpa y agachó la cabeza.
 - Esto se ha acabado, ¿eh? Preguntó ella, rompiendo un silencio tan incómodo como largo.
 - Pues sí, eso parece. Contestó él, como contestan lo que no sienten culpa o los que saben que el tiempo es así, que siempre cambia.
Adam se metió nuevamente en la cama, cabreado, pensando en todas las cosas que tenía que hacer esa tarde. Pensando en ese sol que tan poco calienta y en la mujer desnuda que tenía al lado, de repente tan extraña y tan molesta.
- ¡Oye!, dijo ella, apretándole un pie, en un intento por frenar lo inevitable. ¡Nene! Pero su nene se recostó sobre la pared con las piernas juntas, sin hacerle caso, como hacen los niños que no quieren jugar. La chica se levantó a cerrar la ventana y volvió a la cama.
- ¿Qué quieres? Dime, ¿qué más quieres? ¿Para qué has venido? ¿eh? Dime, ¿para esto has venido? Ella estiró el brazo hasta alcanzar el cenicero y le lanzó un calcetín. Dio una calada.
 - No. He venido para arreglar las cosas.
 Él la miró desconcertado.
 - Deberías irte. Tengo cosas que hacer.

- El domingo pasado conocí a alguien. Dijo ella, tras un silencio tan largo como la distancia que había entre ellos.
El hombre ni la escuchó.
 - Yo estaba en la S-Bahn, sentada al lado de la ventana, leyendo un libro que me han prestado.
- ¿Cuál? Preguntó con desgana, deseando terminar cuanto antes con todo aquello.
 - De pronto me sentí observada. Alzo la vista y veo a una chica sentada en frente de mi, que me observa con curiosidad. En realidad, observaba el libro, así que se lo mostré. No sabría decir en qué parada se subió. Puede que incluso ya estuviera allí antes de que yo me sentara. No lo sé. Sólo sé que hasta entonces no me había fijado en ella ni en su enorme sonrisa. Era francesa.
Adam, que ha recuperado el porro, la escucha sin prestar demasiada atención.
 -En serio, esto ha sido un error. Deberías marcharte.
 - Hablamos del libro, continuó la chica, de Berlín y acabamos hablando de nosotras mismas. Me contó que estaba visitando a unos amigos que viven aquí desde el año pasado, aunque hoy la imagino en París, sentada en un diván. Tenía un acento tan francés y era tan jodidamente guapa, que tú también te hubieras sentido atraída por ella.
Al oír aquello, sin saber todavía porqué, el chico se empezó a interesar por la historia.
 - Me sentí tan cómoda hablando con ella que creo que me hubiera pasado dos o tres paradas más, las que fueran por seguir conociéndola. Pero no hizo falta, porque ella también se bajó en Neukölln, así que caminamos juntas por la Karl Marx Straße hasta mi plaza y, cuando iba a despedirme, me propuso que me fuera con ella.
- Berlín es mágico en esta época del año, ¿no te parece?
Adam asintió con la cabeza, como asienten los que quieren que les dejen en paz.
 -Me dijo que sus amigos habían comprado un par de botellas de vino para despedirla y que seguro que me caían muy bien.
 - ¿Qué pasó después? ¿Te fuiste con ella?
- ¡Pues claro que me fui con ella! Después estuvimos todos juntos en la cocina, picoteando un par de sobras que había encima de la mesa. Me serví una copita de vino y cuando terminé el vino y se agotó la conversación, Anne rellenó mi copa y me llevó de la mano hasta una habitación.
 - ¿Anne?
 La muchacha sonrió.
 -¿Cómo era?
 - Tenía el pelo corto, a lo chico y del color del fuego. Creí que era más alta que yo, pero cuando se quitó los tacones me di cuenta de que éramos de la misma estatura.
 - Anne tenía razón, los chicos eran muy majos, pero a mi no me interesaban ellos. Yo estaba completamente atrapada por esa desconocida de sonrisa inmensa, tan llena de posibilidades. Si no fuera porque en ese momento estaba sonando una canción de Gnarls Barkley, todo hubiera sido jodidamente perfecto.
 -¿Y?
 - Y cerró la puerta. Yo me senté en la cama, con las piernas dobladas. Sus maletas estaban a medio hacer, ocupando buena parte de la habitación, como puestas adrede, para recordarme que no habría un mañana. Y me puse a hablar muy deprisa, como hago siempre que me pongo nerviosa. Y ella se empezó a reír. Me preguntó si era mi primera vez y entonces yo también me eché a reír.

La chica hace una pausa para beber un poco de agua. Está colocada y su voz se ha vuelto algo más ronca y su lengua algo más torpe, pero el alma la tiene encendida.
 - ¿Qué pasó después?
 - Anne se sentó a mi lado. Creo que en ese momento yo hablaba de París, de las ganas que tenía de conocer esa ciudad y ella me dijo: “Paguí es muy aburido” y luego me besó. Su lengua me pareció pequeña. Cuando nos separamos, creo que por nerviosismo, me volvió la risa. Aunque puede que también por el vino. No recuerdo ni una sola vez en la que me haya sentido tan torpe. Ni siquiera estaba segura de querer hacerlo. Pero antes de que pudiera formularme a mi misma esa pregunta, volvió a introducir su lengua en mi boca y me tumbó en la cama. No tenía ningún control de la situación. Anne empezó a besarme por el cuello y a comerme la oreja. Sentía que su respiración se iba acelerando, igual que la tuya y cerré los ojos. Su pelo me hacía cosquillitas en la cara. Adam también cerró los ojos, vencido por la pasión que la narradora ponía en contar su historia, e imaginó dos cuerpos, uno perfecto y otro accesible.
 - Creo que la falta de control era lo que más me excitaba. Por primera vez no tenía ni idea de qué iba a pasar, de cómo iba a pasar y me puse muy cachonda.
- Estaba encima de mi cuando se quitó la blusa. No llevaba sujetador y al ver sus tetas no sé que me pasó. Sencillamente no podía dejar de mirarlas. Tenía los pezones mucho más grandes que los míos y más marrones. Observé su cuerpo. "Et toi" me dijo y me di cuenta de que no tenía voluntad. Cuando le mostré mis pechos, se lanzó a por ellos, como si fueran las únicas tetas que quedaran en el mundo. Y yo miraba aquel techo blanco y de vez en cuando bajaba la vista para mirar a esa pequeña zorra que se iba deslizando hacia mi sexo. Si en algún momento tuve dudas, desaparecieron. Se escondieron debajo de la cama, porque en ese momento lo único que quería era que me hiciera sentir bien. Que pasara su lengua por cada centímetro de mi cuerpo hasta gemir de placer.

El hombre, que se había abandonado por completo a la historia de su amante, acariciaba su sexo. Un sexo que hasta duele por la hinchazón.
 - Cuéntamelo todo.
 - Nunca había sido tan sumisa. Tan dispuesta. Tan abierta al placer propio. Tan egoísta. Anne estaba como poseída y sus ganas alimentaban las mías. La idea de nuestros cuerpos desnudos, en aquella casa ajena, dispuestos para darse placer mutuo, pudo conmigo. Y yo ya estaba completamente empapada, antes incluso de que Anne empezara a comerme.
- Y volví a mirar al techo. Al principio movía la lengua en círculos sobre mi clítoris, mientras con los labios hacía presión. Pero pronto empezó a lamerme como una loca. Y cuanto más me daba yo más quería.
La mujer, que se había abandonado por completo a su historia, observó al amante con el que compartía la cama, un niño perdido en un supermercado, indefenso.
- Y del techo me fui al cielo. Y mientras me estaba corriendo, a traición, sin darme ni un solo momento de tregua, introdujo sus dedos en mi coño y me volví a correr.
 Encendió la luz. Who's gonna save my soul now?... Adam se estaba limpiando con un trozo de papel.
-Después se acercó a besarme con restos de mi flujo todavía en la cara. Made me feel like somebody… Y la deseé con todas mis fuerzas. Like somebody else… Who's gonna save my soul now? Definitivamente Berlín es una ciudad alucinante, pensó, mientras recogía sus cosas.

martes, 19 de enero de 2010

PIRATA

Iba para el barrio, después de dejar a mi chavala. Normalmente voy en metro, pero aquel día no estaba lloviendo y preferí coger el autobús. Me senté, enfrente de la mujer del abrigo de visón. Nada más sentarme, ésta se recolocó y le dijo a su amiga algo que no quise oír. Yo iba muy contento pensando en mi rubita, pero aquellas mujeres tenían un tono demasiado chillón. Además hablaban levantando la voz, para que todos nos enteráramos de que sus maridos esto y lo otro y lo de más allá. Menudas dos arpías, pensé, e intenté concentrarme en el aroma de mi chica. Después se tiraron toda una parada hablando de las hijas de una de ellas. Una estudiaba Derecho y otra hacía un Master en Inglaterra. Luego, la señora que estaba más cerca, la del abrigo de visón, le mostró a la amiga el último regalo de su querido Andrés, un bolso de Carolina Herrera. Yo la miraba de reojo y me partía la polla. La mujer no paraba de hablar del dichoso bolso y se lo enseñaba a la amiga mientras alardeaba de lo difíciles que son de conseguir y lo mucho que debía de haber costado. Pero el bolso era más falso que ella, yo lo sabía y la mujer que alardeaba. Y la amiga, que al verme mirar el bolso debió de pensar que iba a robarlas, le dio un golpecito a la otra, que me miró de soslayo y se agarró al bolso como un policía se agarra a la porra. Yo estaba tan feliz y me tocaron tanto la polla, que le dije, muerto de risa, que el bolso era falso. La amiga miraba ya para otro lado, indiferente, pero ésta, ésta no se mordía la lengua.

- ¡Con esas pintas, qué sabrás tú de nada!

- Señora, volví a dirigirme a ella, no sé que le habrán soplado a su marido por eso, pero es una imitación y ni siquiera es buena. Créame, sé de lo que hablo, que mi familia es distribuidora de la marca. Donde la cremallera, los bolsos de Carolina Herrera llevan un refuerzo de cuatro costuras a un centímetro de distancia y antes me he fijado en que el suyo solo tiene dos. Además, en el logo tiene una pequeña marca que al suyo le falta.

La mujer enmudeció de pronto. La amiga se había vuelto y me escuchaba con atención. Supongo que no se lo esperaban.

- Pero si quiere salir de dudas, añadí, sabiendo que había ganado otra batalla, déle un buen tirón, las costuras de un bolso bueno aguantarán, claro que, en su caso, no se lo aconsejo.

La mujer no sabía donde meterse, mientras el fondo del autobús se partía de risa. Bajaron en la siguiente parada. Miré mi reflejo en la ventana ¿pintas? Cerré los ojos y volví a pensar en ella, en mi rubita.

martes, 15 de diciembre de 2009

LE DIVAN DU MONDE

Abre el puño con disimulo, entonces las veo, diminutas, inofensivas y sé que vamos a probarlas. Hay tres, dos rosas y una amarilla. Dice que son iguales.

Anne y yo somos amigas desde parvulario. Siempre hemos ido juntas. Cuando teníamos nueve años nos prometimos que todo lo íbamos a descubrir juntas. En octavo curso nos dimos cuenta de que todo era un concepto demasiado amplio, así que rehicimos nuestra promesa, íbamos a descubrir casi todo juntas.

- No debemos masticarla, sólo tragarla. Nos ayudaremos con la copa, dice. Y pone una pastilla rosa en mi mano mientras me guiña el ojo y traga la suya. Brindamos. Luego me lleva hacia el centro.

Cuando se pone a bailar los chicos nos miran. Baila con los ojos cerrados, sintiendo la música y yo trato de imitarla. La música me envuelve de pronto, como a un niño entre sábanas limpias. Escucho el latir de mi corazón y me asusto. Abro los ojos y allí está ella, buscando mi mirada. Sonríe con su boca roja. Se acerca a mi oído: “tranquila Sophie, sigue bailando. La música está hecha para ti”.
Entonces me abandono y olvido que estoy al norte de Paris, en el Divan du Monde. Algunos chicos se acercan a conocernos, pero no son interesantes, esta noche no. Y a mi me entra la risa cada vez que alguno lo intenta, ¿no pueden entenderlo? Estoy segura de que nos están rifando, imaginan que acabarán acostándose con alguna de nosotras, pero hoy no nos interesan ellos, sólo el éxtasis.

Anne se vuelve a acercar y me pide un cigarro. La miro con extrañeza. Ella no fuma, pero soy incapaz de ordenar las palabras, así que le doy uno. La primera vez que fumamos un pitillo casi se ahoga. Habíamos visto fumando a Odri Hepburn en “Desayuno con Diamantes” y queríamos parecernos a ella. Me encanta la textura del cine en blanco y negro. Lo enciende con torpeza. La llama ilumina su rostro. Después, humo. Anne me mira con sus enormes ojos de gata salvaje, está drogada y yo también. No puedo dejar de moverme, oigo fragmentos de otros y sobre esas voces, escucho la música. La música lo envuelve todo, lo es todo. Pedimos otra copa.

¿Te acuerdas de octavo curso? Me pregunta junto a la barra. Intentaría hacerme la tonta, pero me conoce demasiado bien. Aquel año nos dimos un beso, un beso largo y con lengua. Ella había quedado con un chico del colegio y tenía miedo de que quisiera besarla, porque nunca antes había besado a nadie así que me lo pidió a mi primero, aunque yo tampoco había besado a nadie. Lo hicimos en el vestuario, después de la clase de gimnasia.
-¡Claro que te acuerdas! Nos dimos nuestro primer beso, insiste.
Han pasado 8 años. Entonces nos entraba la risa floja, la una frente a la otra sin saber bien qué hacer. Al final la agarré de la cintura, ella me cogió la cara con las dos manos y juntamos nuestras bocas. Primero nos dimos un beso con los labios apretados y moviendo la cabeza como la aguja de un metrónomo. Después nos dimos otro con lengua.

Anne saca de un bolsillo la última pastilla y se la lleva a la boca.

Al día siguiente hicimos como si no hubiese pasado nada. No me atreví a preguntarle por aquel chico, pero ella me lo contó: “me llenó de saliva, tenía la lengua hinchada y no paraba de moverla. No podía respirar. Tú besas mucho mejor” Entonces no dije nada, sólo la había besado a ella. No habíamos vuelto a hablarlo.

- Shopie, bésame.

Esta vez, ella me tiene cogida de la cintura. Tiene las manos frías. La música sigue sonando a lo lejos. Me acerco sin prisa y saboreo la misma lengua. Cierro los ojos. Mi corazón marca el ritmo. Ella es cálida.

viernes, 20 de noviembre de 2009

elhombreperfecto.com

- ¡Quiero devolverlo!
- Un momento, por favor. La telefonista la puso en espera por tercera vez.
María estaba cada vez más nerviosa, pero sabía que si se enfadaba no iba a lograr nada así que respiró hondo y se dedicó a pasear por el salón de su casa, teléfono en mano.
- ¿No está contenta con nuestro servicio? Preguntó una voz al otro lado.
La mujer, que observaba desde la ventana cómo su hombre quitaba las malas hierbas del jardín, volvió de su ensimismamiento.
- No, no es eso. El servicio es excelente, dijo, observando cómo se le ajustaban los tejanos, ligeramente gastados, a aquel ser verdaderamente perfecto. Simplemente… quiero devolverlo, insistió.
- Me temo que no va a ser tan sencillo, contestó la operadora. Es la primera vez que ocurre algo así, se lo aseguro. Veamos…
María volvió a respirar hondamente. Maldita la hora en que se le ocurrió solicitar uno de aquellos hombres perfectos. Ella quería alguien que la escuchara, sí. Que fuera su amigo. Que la hiciera el amor por las mañanas y la llevara al trabajo. Un hombre atractivo, con una buena profesión y amigo de sus amigos, sí. María no creyó que aquella realidad existiera, pero existía. Tenía nombre y apellidos y se encontraba arreglando la valla de su jardín en ese momento.
- Disculpe la espera. Estoy accediendo a nuestra base de datos, le indicó la voz. Aquí lo tengo. Usted solicitó un varón caucásico, treinta y cuatro años, setenta kilos, uno setenta y ocho, pelo castaño, ojos verdes, no fumador, sensible, deportista…
María sólo acertaba a contestar un “aha” tras cada nota de aquel interminable informe y mientras, observaba cada movimiento del ser perfecto.
- Dígame entonces, ¿cuál es el problema?, insistió la telefonista.
- El problema, contestó, tratando de localizar los ojos verdes del jardín de su casa, es que este hombre es… María resopló, buscando con la mirada, es… demasiado perfecto, dijo precipitadamente. El hombre había desaparecido y una hilera de piedras se amontonaban en la entrada.
- Ya entiendo, contestó, la operadora. Me temo que no podemos ayudarla. Le recuerdo que ha firmado un contrato, continuó la voz. Usted aceptó las condiciones generales que rigen para la contratación de los servicios de elhombreperfecto.com donde se especifica claramente que en ningún caso se admitirán devoluciones. Buenos días.
María siguió buscando, con el teléfono todavía en la mano. ¿Pero dónde se ha metido? Apareció de repente, con la camisa desabotonada y un ramito de flores entre las manos. Sonrió, dejando ver una sonrisa sincera y perfecta.

martes, 17 de noviembre de 2009

EL DESEO

Apareces por el lado izquierdo, contorneando las caderas al ritmo del tam-tam que abre el primer número. Kratz el mago enmascarado espera subido en una plataforma rectangular, en medio del escenario. Hay otras dos plataformas idénticas, una a cada lado del mago, suspendidas en el aire. Avanzas en dirección a Kratz. Eres de una belleza exquisita, largos cabellos color azabache y la piel morena. Llevas un sujetador negro que deja ver un abultado pecho y una falda hecha de jirones de tela que se mueve con cada movimiento. Tam-tam. Llegas a la plataforma donde espera el mago, que te tiende la mano para ayudarte a subir. Sin perder la sonrisa, atas al enmascarado en forma de cruz por ambos brazos mediante unas gruesas cuerdas de nylon blanco y después bajas luciendo tus hermosas piernas. Tam. Echas a tu paso una cortina para ocultar al ilusionista. Sube la intensidad de la música y la plataforma del mago comienza a elevarse. Tam-tam. Primero desciende la plataforma del centro y después las otras. Abres la cortina, Kratz ha desaparecido. Pareces sorprendida. Te diriges hacia la segunda plataforma. Te llevas las manos al rostro y corres hacia la última de las plataformas, ni rastro de Kratz.

Poco a poco vas entendiendo que todo es un sueño. Te estiras en la cama sin abrir todavía los ojos. Ayer bebiste demasiado. Estás confusa. Reconoces tus sábanas de seda y tu almohadón de plumas. Anoche estuviste en aquel bar, cerca de la oficina. Unos segundos más y caes en la cuenta de que no estabas sola, había un hombre, Ramón o Raúl, no lo recuerdas. Decides abrir los ojos. No hay nadie más. Te incorporas lentamente e intentas recomponer el puzle. La luz de la mañana envuelve la habitación. Te duele la cabeza y tienes la boca seca de tanto fumar. Ayer te acostaste con ese tipo. Fuiste a aquel bar de la esquina para tomar una copa. ¡Joder! Debiste de cerrar el bar. Te sentaste en la barra y pediste un gin-tonic de Hendricks con dos rodajas de pepino. Recuerdas que no tenías fuego y que el camarero te regaló unas cerillas. No querías volver a casa. Era jueves por la tarde, habías entregado tu texto a tiempo y al día siguiente podrías descansar. No hablaste con nadie hasta la tercera copa, entonces te pusiste a bailar. Tam-tam. En la mesita, junto a la lámpara hay un cenicero lleno de colillas. También ves el tabaco y los malditos fósforos. Alargas el brazo hasta alcanzarlos. Es un paquete desplegable con el logo del bar en ambos lados. El deseo. Faltan la mitad. Te recolocas en la cama con las piernas recogidas y miras hacia el lado vacío. Lo pasaste bien anoche. Coges un cigarrillo y te lo llevas a la boca. Cortas una cerilla, la enciendes y prendes el cigarro con él. Intentas recordar el nombre de aquel tío, mientras te fumas el cigarro sin ganas.

jueves, 15 de octubre de 2009

EL (otro) DESEO

Una calada y el tiempo empieza a detenerse. Los músculos comenzarán a relajarse. Dos e incluso el fregadero de la cocina deja de gotear. Las persianas del salón están bajadas y los platos sucios se acumulan encima de la mesa. No importa. Bienvenidos a El Deseo. Pablo está anestesiado en el sofá, con la pupila encogida, como un niño indefenso delante de un televisor y el mechero en la mano. Desde que Eva se ha ido, los relojes se paran a intervalos cada vez más cortos. Un reguero de luz entra desde la cocina. Suena Buddy Holly en el ordenador. Pablo hunde la cabeza en la almohada y cierra los ojos y sube a su pequeño escenario. Lleva unas enormes gafas de pasta, negras y rectangulares y una americana en tonos pastel delante de un micro estéreo de los años 50. Tiene una Fender Stratocaster entre las manos. Se siente muy bien. Tararea las letras que recuerda, despacio y sin ritmo. Tres y empieza a reír. Él no es tan feo como Baddy Holly. Piensa en Eva, pero no se detiene, la besa y sigue. Llega hasta el Chelsea Hotel, con Leonard Cohen y la pequeña niña triste. Cuatro. Cinco. Seis. Amanece en su desorden con Jimi Hendrix. Los efectos de la heroína han desaparecido. Entonces vuelve Eva para inundar con su ausencia todo lo vivido y deseará retroceder hasta el momento en que pudo elegir. O avanzar las manecillas.

martes, 13 de octubre de 2009

REENCUENTRO

Cuando Lourdes entró en el salón tenía los ojos enrojecidos y la voz temblorosa.
- Lo siento, le dijo a su hermana, todavía no me hago a la idea.
- No me extraña, contestó Lourdes, ¡pobre mamá!
Rosita estaba sentada en el viejo sofá de la madre. Tenía el cuerpo inclinado hacia delante y las manos sobre la mesa de cristal. Parecía un gato negro encaramado. Encima de la mesa había seis fotografías de distintos tamaños, todas de su madre. Las analizaba detenidamente. La hermana se sentó a su lado. Se habían quedado solas en el mundo. Huérfanas. Lo único que sabían de su padre era que se llamaba Antonio y que había muerto en un accidente de tráfico cuando ellas eran muy pequeñas. A su madre nunca le gustó hablar de él y ellas siempre respetaron su silencio, aunque les resultara extraño. Lourdes cogió entre los dedos la foto más próxima a ella y se la mostró a su hermana.
- No, esa foto tiene por lo menos, cuánto, ¿quince años? Dijo la pequeña, centrando su atención en las imágenes que había sobre la mesa.
- Es cierto, dijo Lourdes, sin apartar la vista del retrato, debe de ser de cuando mamá se graduó. ¡Qué guapa era!
Rosita volvió a mirar la foto.
- Sí, muy guapa. Tenía algo, ¿verdad? como un brillo especial…
- Tú te pareces a ella, añadió Lourdes, mientras colocaba la fotografía en una esquina y cogía la siguiente.
- No, dijo otra vez su hermana. Demasiado pequeña. Se trataba de una foto de carné que además tenía ya unos cuantos años. Lourdes la dejó junto a la anterior.
- ¿Y aquella? Preguntó Rosita, apuntando con el índice a una fotografía donde aparecía su madre con un collar de perlas, no la había visto nunca.
-Es reciente. Mamá se la hizo poco antes de… Lourdes tuvo que respirar hondo antes de seguir hablando. No lo sé, añadió. A Mamá no le gustó esa foto. Me lo dijo.
Rosita cogió el retrato.
- ¡Tiene la misma mirada que en su juventud! A mi me parece muy buena.
- Pero a mamá no. La pondría triste.
- Pues a mi me parece que debería ser ésta.
- ¡Pues a mi no! Lourdes le quitó la fotografía a su hermana y la puso junto a las otras dos.
-Toma, dijo Rosita sin ganas de discutir, pon ésta también, mamá sale con los ojos cerrados.
Sólo quedaban dos fotografías. En ambas aparecía la mujer con gesto serio. Tenía la piel morena y los ojos oscuros y en ambas llevaba el pelo recogido en un moño, como era su costumbre. Una de las fotografías debía de ser del invierno pasado, pues llevaba puesto un jersey de lana. La otra era una imagen atemporal que bien podía haber sido tomada en verano o invierno.
- Cualquiera de las dos me parece bien, dijo la mayor, pero su hermana no lo tenía claro.
- Se la ve demasiado seria, ¿no crees?
- Es por los dientes. No le gustaban sus dientes, por eso no sonreía nunca.
- No sé. Las personas que no la conocieron podrían pensar que era una mujer malhumorada, protestó Rosita.
-Igual tienes razón, contestó Lourdes. ¿Estás segura de que no hay más?
- Estoy segura. Lo he vuelto todo patas arriba buscándolas.
Las dos hermanas respiraron hondo. Rosita volvió a coger la fotografía del collar perlas. Su hermana trató de impedírselo y la foto cayó al suelo dada la vuelta. Rosita se dio cuenta de que había algo escrito en el reverso:
“QueridoAntonio, así es ahora la mujer que abandonaste hace quince años,
cuando decidiste seguir adelante con aquel condenado atraco.
Te perdono.
Si me sigues queriendo, puedes volver.
Las niñas no lo saben.
Isabel.”